Lampedusa como metáfora


 Hibai Arbide Aza en "ENFOCANT"

Estamos en Nochebuena de 1996 en Lampedusa, la más grande de las islas del archipiélago de las Pelagias, en el mar Mediterráneo. Se encuentra a 205 km de Sicilia y a 113 km de Túnez, siendo el territorio italiano ubicado más al sur. Según relata Melting Pot Europe, hace frío, llueve, hay mucho viento. Los habitantes de la isla preparan la cena de navidad. Hace cinco días que ningún pescador sale a la mar. Mientras tanto, en aguas internacionales, a 19 millas de Portopalo di Capopassero, Sicilia, está sucediendo el mayor naufragio de la historia europea: una embarcación con bandera libanesa trata de superar la difícil situación con una maniobra complicada y se produce la tragedia.

En medio de la lluvia, cerca de 450 migrantes clandestinos, la mayoría provenientes de Sri Lanka, fueron obligados a subir aquella barcaza inestable, sacudida por las olas. La pequeña barca, demasiado cargada, no es capaz de navegar en ese mar agitado, hay riesgo de naufragio. Se decide dar la vuelta y devolver a estas personas a Yohan, puerto de salida. Nadie sabe qué ocurrió entonces exactamente, la única certeza que tenemos es que hoy todavía hay en el fondo del mar entre 283 y 289 cuerpos, a 19 millas de Portopalo -Italia- a 108 metros de profundidad.

El 30 de diciembre de ese mismo año, 175 supervivientes son abandonados en la playas de Salónica. Cuentan a los socorristas la historia terrible que acaban de vivir cuando se dirigían a Lampedusa, pero nadie les cree. Hasta que en Junio de 2001, Salvatore Lupo, patrón de uno de los 170 barquitos pesqueros de Portopalo, encuentra en sus redes un grito imposible de ignorar: Anpalagan Ganeshu, 17 años, nacionalidad cingalesa, etnia tamil. Su documento de identidad se convierte en la prueba del naufragio fantasma.

En realidad, Salvatore Lupo no fue el primero en encontrar los cuerpos. Durante 5 años, cadáveres provenientes del naufragio eran izados en las redes de los atuneros, que “para no buscarse problemas” devolvían al mar sin informar a nadie. Lupo es un pequeño hombre robusto que ha pasado más de treinta años faenando como pescador. Pero hoy ya no puede hacerlo, sus convecinos los señalaron como traidor por haber sacado esta historia a la luz; está sólo, la comunidad a la que pertenecía no perdona su “delación”. “Cuando encontré el documento de identidad entre las redes, pensé que era el momento de acabar con el silencio”. Porque en Portopalo y en Lampedusa todos sabían lo que había ocurrido, hacía meses que emergían huesos, pequeños objetos, signos de vidas interrumpidas dramáticamente a pocos kilómetros de la tierra prometida.

Desde entonces, la costa de Sicilia y, sobre todo, Lampedusa se han convertido en uno de los principales “puntos calientes” de las políticas de control de las migraciones en Europa. Tanto por su situación geográfica que convierte a esta pequeña isla en una de las entradas por mar más cercanas, como por el laboratorio de control biopolítico en que la han convertido los gobiernos xenófobo-populistas presididos por Berlusconi. Esto se ha traducido en la instalación de campos de internamiento para migrantes en la isla, la firma de acuerdos preferentes de colaboración con los gobiernos de Gadafi en Libia y Ben Alí en Túnez.

Desde la explosión de las revueltas en Túnez, Egipto y Libia, la cantidad de personas que han llegado “ilegalmente” a Lampedusa ha aumentado notablemente. Los motivos son varios y fáciles de imaginar: relajación por parte de los ejércitos y policías de los países de origen en el control de las embarcaciones que transportan migrantes y una cantidad de gente enorme que escapa de la guerra. Pero no se trata sólo de un cambio cuantitativo: tanto la composición social de los pasajeros como las respuestas represivas por parte del gobierno de Berluskistan presentan características nuevas o, al menos, mucho más explicitas que lo que habían sido hasta ahora.

La primera es la fusión de los conceptos “refugiado” y “migrante”, es decir, la imposibilidad de distinguir una y otra situación en la práctica. ¿En qué se diferencian un migrante que ejerce su derecho de fuga y un refugiado que escapan de un mismo conflicto armado? Igual que cuando hablamos de migrantes “sin papeles” o migrantes con permiso de residencia en realidad no hablamos de personas diferentes sino de situaciones administrativas distintas que pasa una misma persona en su periplo migratorio, la distinción entre “refugiado” y “migrante” es del todo falaz. Ahora, además, se ha demostrado que es inoperante. El derecho de asilo fue creado a mediados del siglo veinte, en un contexto geopolítico mundial que ha saltado por los aires las últimas décadas. Al contrario que cuando intentaban fomentar la fuga del telón de acero ofreciendo un estatus legal privilegiado y garantista, hoy a los gobiernos de “occidente” no les interesa hacer efectivo el derecho de asilo. Los cambios legislativos de la UE al respecto han reducido progresivamente el contenido de tal derecho, y ahora en Lampedusa podemos comprobar que su eficacia es ya nula. Se da el mismo trato que reciben los migrantes a los refugiados y se elimina de facto la posibilidad de solicitar asilo.

La segunda cuestión importante es que la respuesta a estas llegadas masivas ha sido aún más dura que la que habitualmente sufren los migrantes sin papeles en todo Europa. No sólo estamos asistiendo impasibles a la mayor cantidad de deportaciones desde el nazismo, sino que el gobierno Italiano ha implementado una serie de mecanismos de excepción de imprevisibles consecuencias. Se han creado campos de refugiados como el de Manduria, en la región de Puglia. Se trata de un campo de concentración en el sentido literal, formado por tiendas de campaña que presenta el mismo aspecto que los que estamos acostumbrados a ver en los telediarios en Haití, Sudán o Ruanda. Se sitúan completamente al margen de la legalidad en la medida en que los confinados allí no están oficialmente privados de libertad en el régimen que establecen los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) sino que se trata de un acto administrativo sin encaje legal alguno.

Por si fuera poco, se han creado “patrullas ciudadanas” con el objetivo de “dar caza” a los migrantes que consiguen fugarse del campo, con la connivencia de la prefectura de la policía. Es decir, de rondas ciudadanas que se dedican a practicar detenciones ilegales con la aquiescencia de los gobiernos regional y nacional. Interceptan a los migrantes, los detienen, los cargan en furgonetas sin ventilación ni asientos y los devuelven al campo, en donde la policía no sólo no identifica a los secuestradores de migrantes, sino que conduce a éstos últimos de nuevo al campo. La proliferación de estos campos, limbos legales en los que el respeto a los derechos fundamentales no es siquiera un recurso retórico,  acompañados de este tipo de mecanismos de represión que los mantienen, hacen que la calidad de las democracias europeas no sea ya ni una caricatura de lo que en teoría son.

Otra de las medidas puesta en marcha a raíz de estos hechos es el cierre del paso aduanero de Ventimiglia, entre Italia y Francia, para evitar que migrantes provenientes de Lampedusa viajen a Francia. O sea, la eliminación de facto del tratado de libre circulación en Europa que, obviamente, no afecta sólo a los migrantes sino a la totalidad de los ciudadanos que viajan en tren de un país al otro.

En todo caso, bienvenidas sean estas medidas si sirven para quitarnos la venda de los ojos. Ya que, algo demuestran las revoluciones de Túnez o Egipto: que hasta al mayor de los cerdos le llega tarde o temprano su San Martín y que una democracia que merezca tal nombre sólo vendrá de la rebeldía contra el mal gobierno y nunca de la mano de éste, ya tenga su sede en la orilla sur del mediterráneo o en la decadente Europa.

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