24 horas de locura en la capital griega

De cómo un periodista novato se encuentra cubriendo la mayor crisis europea desde la creación de la UE
HIBAI ARBIDE AZA en Ctxt

Hibai en bici, en parlamennto griego

El periodista de CTXT Hibai Arbide pasea en bici por Atenas, en la madrugada del 29 de junio.

Domingo por la mañana. Me despierta un mensaje de mi padre preocupado por los rumores que llegan de Fráncfort. Mi padre es casi tan activo como yo en las redes sociales. En su blog siempre tiene un ojo puesto en Atenas. También es mi mayor crítico, el que me señala los párrafos confusos de mis artículos. Me dice que ve probable que el BCE decida no mantener la línea de liquidez extraordinaria. La sombra del corralito, otra vez.

Llevo varios días luchando contra el alarmismo pero, igual que tanta otra gente que vive en Grecia, no quiero ser el último en ir al cajero. Saco lo poco que tengo en la cuenta para pasar estos días. No sé cuántos días. Llamo a mis padres, les tranquiliza saber que he podido retirar efectivo sin problemas.

Entro en Twitter, enciendo las teles griegas, leo las agencias de prensa. Escucho a Varoufakis en la radio BBC. Reconoce por primera vez que están estudiando imponer un control de capitales. O sea, que va a haber corralito. Pocos minutos después, el BCE anuncia que mantiene los fondos ELA. O sea, que no va a haber corralito. Poco después se anuncia una comparecencia de Tsipras en televisión. Anuncia que el lunes los bancos no abrirán. O sea, que sí. O a medias. O qué sé yo.

La pestaña de menciones de mi cuenta de Twitter estos días es una locura. No puedo responder ni a una cuarta parte de las preguntas que me hacen. ¿Quién ganará el referéndum? ¿Qué pasa si gana el Sí? ¿Qué pasa si gana el No? ¿Qué va a hacer Rusia? ¿Me pasas la receta de la musaka? ¿Ganará el Olympiakós la Euroliga de 2016? ¿Alguien sabe cuánto son 400 dracmas?

Está anocheciendo. Trato de transcribir una entrevista, acabar un reportaje, escribir un artículo de análisis, contestar tuits, enterarme de si finalmente conceden la prórroga del crédito que ha pedido Tsipras hasta el referéndum. Esto te viene grande, me digo a mí mismo, no hace ni un año que trabajas de periodista y pretendes cubrir la mayor crisis política europea desde la segunda guerra mundial.

Confirmado: el lunes los bancos y la bolsa estarán cerrados. Llamo a Tina. Ella es la razón por la que vivo en Grecia. Estos días está en Tesalónica. Llamada de quien lleva todo el día escuchando y redactando noticias: le digo que corralito, Merkel, fondos ELA, Varoufakis, Lagarde, Bruselas, no sé si he entendido bien el titular del diario Efemerida, colas en los bancos. “Estoy de cañas con Costas y Maria. Por aquí todo está muy tranquilo”.

Tina está en Tesalónica para ayudar a hacer una mudanza. Su madre se acaba de jubilar, le quedará una pensión de 500 euros mensuales con la que no puede pagar el alquiler de su casa actual. Se va a vivir con su anciana madre. Tanto Tina como su madre van a votar No el próximo domingo. Me dice que no conoce a nadie que vaya a votar Sí.

Me llama mi amigo Bocho, el autor de la magnífica foto que acompañaba el primer reportaje que escribí sobre Grecia en CTXT. Vamos a dar un paseo por Atenas en bici, a ver qué ambiente hay. Quedamos en la plaza Syntagma, que presenta un aspecto similar al de cualquier domingo por la noche… Excepto por los cientos de periodistas que dan vueltas, graban falsos directos y hacen conexiones.

En la esquina de la calle Ermou con Syntagma hay una enorme cola en un cajero. Son turistas de los hoteles cercanos. Varios españoles que han venido de crucero, alemanes, ingleses. Sólo localizo a una griega. Es el único cajero con fondos. En todos los demás cajeros por los que pasamos en nuestro paseo hay alguien probando que nos confirma que no tiene fondos. Lo mismo ocurrió el sábado. La televisión afín a Nea Demokratia [el partido conservador] dice que en un sólo día han salido de Grecia 400 millones. Se calcula que en Suiza hay 72.000 millones de euros griegos. Me acuerdo de aquel lema del 15M: no falta dinero, sobran ladrones.

Llegamos a la plaza Kotziá, en la que están el Ayuntamiento y el Banco de Grecia. Hay un grupo bastante numeroso de gente bailando swing. Es una imagen fantástica; suena Cherry Poppin’ Daddies a todo volumen junto a una decena de coches negros con las lunas tintadas aparcados en la propia plaza. Son los coches de los directivos del Banco de Grecia, reunidos a esas horas de la noche para decidir cuántos días van a estar cerrados los bancos.

Aconsejan al Gobierno cerrar durante seis días. La retirada de efectivo estará limitada a 60 euros al día por persona, los pagos con tarjeta y transferencia no tienen límite. Las tarjetas de bancos extranjeros no tienen tope porque eso es una entrada de divisas.

Vamos hacia Exarchia, el barrio situado junto a la universidad politécnica, el centro de la actividad política de la izquierda radical y los anarquistas desde los 70, en el que los disturbios son un fenómeno habitual. Todo está en absoluta calma. Los bares y quioscos, abiertos, gente sentada en la plaza. Las noches en las que se aprobaron los rescates a Grecia, en 2011 y 2012, no se parecieron a esta. Sin que nadie les convocara, cientos de miles de personas se concentraron en la plaza Syntagma y, posteriormente, hubo durísimos disturbios que duraron toda la noche.

Nos acercamos a un grupo de antidisturbios apostado en las inmediaciones. Nos aseguran que no ha habido ningún incidente en toda la noche. Les preguntamos qué opinan sobre el referéndum. Nos dicen que no saben qué consecuencias puede tener el No, ni qué puede venir después de un Sí. “No somos economistas, somos policías”, zanja el mando.

Volvemos a la plaza Syntagma tras haber hecho un recorrido de unos 7 kilómetros en total. Atenas es enorme. Llegamos justo en el momento del cambio de guardia nocturno. No sé si es la una de la mañana o las dos porque se nos ha acabado la batería del móvil. Nos fumamos un cigarro, mientras me maldigo por haber vuelto a fumar, observando la calma de esta plaza, que al día siguiente, 29 de junio, volverá a acoger una multitudinaria manifestación a favor de la democracia y en contra de la austeridad.

Llego a casa. 587 menciones en Twitter. Una entrevista casi transcrita, un reportaje casi acabado, un artículo de análisis casi terminado.  El Eurogrupo ha decidido no conceder la prórroga del crédito que ha pedido Tsipras hasta el referéndum. La estrategia de los mercados es ahogar a la población griega para que vote con miedo.

Me despierto sin que suene el despertador por el agobio del curro pendiente. 253 menciones de Twitter. Voy al supermercado, como cada lunes por la mañana. No noto nada diferente. Se puede pagar con tarjeta o en efectivo. Intento entablar alguna conversación sobre la situación pero me cuesta. Las cajeras y las clientas no tienen ganas de hablar de política.

Tina me dice que ella tiene la misma sensación en Tesalónica. “La gente ya no habla de política, estoy muy sorprendida, es justo al revés que al inicio de la crisis, cuando por todas partes veías a gente opinando. Hoy no me han dicho nada ni siquiera en la cola del cajero en el que he sacado dinero”.

Paso por el mercado que montan cada lunes a dos calles de mi casa. Para mi sorpresa, allí tampoco hay corrillos en los que se hable de política. Sólo uno de los vendedores de ropa, un gitano guapo y elegante que no llega a los 25 años, me da su opinión: “Quieren asustarnos pero no lo van a lograr. Yo voy a votar No”.

Una vez en casa, respondo a las preguntas que me hace Fernando Berlín en La Cafetera. Diez minutos más tarde me hacen otra entrevista en Onda Vasca. Me llegan propuestas de entrevistas en teles y radios de Argentina, México, Madrid. Me pongo nervioso. No es la primera vez, ya he estado nervioso antes.

Bajo al quiosco a comprar tabaco mientras me maldigo por haber vuelto a fumar. Tras el referéndum lo dejo. Elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento. El quiosquero es un albanés que lleva veinte años viviendo en Atenas. La primera vez que me oyó hablar en castellano me preguntó por Lorca y por la Pasionaria. Es más rojo que el gorro de Caperucita. Cuando le pregunto por sus impresiones del momento que estamos viviendo manda saludos a los progenitores de Merkel.

Vuelvo a casa. Tengo que escribir. Me llama mi amigo Luis, que vive junto a su marido Panagiotis en Atenas desde hace dos años. Me explica que mientras daba su paseo matinal ha escuchado a dos señoras decir orgullosas que ellas no votaron a Tsipras y que Grecia se dirige al desastre. Ni él ni Panagiotis están asustados. Su máxima preocupación es que una pareja de amigos de Los Ángeles que vienen a visitarles lo pasen bien en Atenas. “Los usureros tienen caras distintas pero siempre son los mismos” me dice Luis. “Tsipras está echando un pulso porque no le queda más remedio, esperemos por el bien de todos que lo gane”.

Voy al hotel en el que están las cámaras de La Sexta para intervenir en el debate Al Rojo Vivo. Dudo de si ir en metro porque hasta el próximo domingo el transporte público es gratuito en Atenas. Finalmente voy en bici, como siempre.

En mi intervención expongo que no es un referéndum sobre el euro ni sobre Europa sino un referéndum sobre la austeridad. Digo que deberíamos de aparcar los debates fetichistas sobre la moneda para debatir sobre las políticas económicas y que Tsipras simplemente está cumpliendo con el mandato popular que recibió en enero. Nada más acabar, me entero por el aluvión de menciones en Twitter que he enfadado a Marhuenda. Me habría preocupado más si se hubiera mostrado de acuerdo con mis palabras.

En el punto de La Sexta me encuentro con Alberto Sicilia, conocido en Twitter como Principia Marsupia, una de las voces que mejor está contando lo que pasa en Grecia estos días. Acabamos nuestras respectivas intervenciones y nos vamos a comer junto a Aitor Sáez, periodista residente en Atenas que escribe para La Razón. En la plaza Syntagma nos encontramos con Vicent Montagut y otros dos periodistas de Telesur. Poco después llegan Ane Irazabal, de ETB y Cosimo Caridi, de Il Fatto Quitidiano.

Me siento un poco pequeño al lado de gente que curra tanto y tan bien como ellos. Comemos y hablamos de las novedades sin dejar de mirar el móvil. En la mesa de al lado está Antena3, un cámara alemán entrevista al cocinero, hay otra mesa con un trípode. Atenas estos días está repleta de periodistas y entre hoy y mañana llegan unos cuantos medios más.

Llego a casa. 683 menciones en Twitter. Me pregunto si estoy viviendo un momento histórico o, simplemente, estoy tan metido en una espiral que no soy capaz de ver nada fuera de ella. Me entra miedo a volverme autorreferencial. Y a creer que lo que decimos los periodistas es la realidad. La realidad es siempre mucho más compleja de lo que cabe en 12.000 caracteres o en un directo.

Pero la realidad es que vivo en un país que está harto. Harto de los que han saqueado a manos llenas. Harto de los que han privado de sanidad al 30% de la población. Harto de que les digan una y otra vez que la austeridad es inevitable los mismos permiten que Madame Lagarde cobre 350.000 euros anuales. Mientras acabo esta crónica, miles de personas se manifiestan en Syntagma con el deseo de que el miedo no venza a la esperanza. Y me prometo no volver a escribir nada más en primera persona.

Al menos hasta que deje de fumar.

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