EL ADORMECEDOR VERANO

Cargar las pilas a 37º C”

La autora, de profesión filósofa frívola, desarrolla la tesis de que la población veranófila es el garante primordial de la continuidad del sistema capitalista de producción.
LUCÍA MUÑOZ MOLINA
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No quiero alarmar a nadie, pero hay gente que está triste porque se acaba el verano. En efecto, los veranófilos son una realidad social por la que deberíamos mostrar preocupación: “qué ganas de veranito”, “qué ganitas de cañitas en una terracita al solecito con los colegas”. Exacto: uno de los síntomas más absurdos y enervantes de la llegada de las buenas temperaturas (¿buenas?, ¿en serio?) es que a la peña le da por flanderizarse cuando se refiere a cualquier término del campo semántico estival. ¿A que nunca habéis oído a nadie comentar “qué ganas de tirarme en trineito por la nievecita” o “me encantan las tormentitas de otoñito”? Pues eso.

Por alguna extraña razón que mi ídem no acierta a comprender, hay personitas que le tienen cariño al verano. Quiero pensar que esta parafilia tan estrafalaria es el resultado de una descontrolada enajenación provocada por la idealización, durante el duro invierno mesetario, de los largos días de sol que, al fin y al cabo, no son más que eso: insufribles jornadas de calor insoportable que parecen no tener fin. En otras palabras: que el verano es un mierdote de proporciones, pero se nos olvida de un año para otro.

Los veranófilos: 1er enfoque

Adentrémonos un poco más en el estudio de este subgénero humano. Una de las señales inconfundibles de que estás frente a un veranófilo es su irritante optimismo. Abres Twitter: “@chupimaji32 Venga chicos!, un par de semanitas más y vacaciones!”. En efecto, ese sujeto al que decidiste followear, (ahora no sabes ya muy bien por qué razón, lo comprendemos) es con toda seguridad un veranófilo. Estos individuos son irritantemente alegres y vitales, siempre sonríen y dan los buenos días. Creepy.

Os preguntaréis que lleva a una persona de vida aparentemente normal a convertirse en un amante del calorcito rico. Se trata de una simple cuestión de asociación de ideas: los veranófilos relacionan verano con vacaciones, sin reparar en que éstas últimas vienen a durar sus 15 días escasos, mientras que la insufrible estación de las cucarachas y las mínimas nocturnas de 25º se desparrama cual señora en tumbona a lo largo de tres interminables meses de desorden vital y comercios cerrados.

La clave está en que los cándidos veránofilos son incapaces de ver la trampa. Tomando el todo por la parte, convierten a la estación en símbolo del merecido descanso, aunque éste suela consistir, en el mejor de los casos, en un par de semanitas compartiendo apartamento con toda una tropa de parientes cojoneros, en un pueblo costero superpoblado y superespeculado; en seguir haciendo camas (“Tiene que ser apasionante hacer otras camas para variar” le dice Lisa Simpson a Marge en el capítulo en el que Ned Flanders les presta su casa de veraneo). Y cocinando. Y barriendo, sobre todo barriendo. Pero en lugar de pelusas, arena. Toneladas de arena. En todas las familias hay algún cuñado gracioso que, mirando al recogedor, pregunta “¿has dejado algo en la playa?”. Muy LOL, sí señor (el verano se presta a los ranciofacts como ninguna otra estación).

A modo de tesis De la veranofilia a la perpetuación del sistema capitalista de producción.

El caso es que, investigando aquí y allá, de Gandía a la Costa Brava, de Matalascañas a Laredo, he llegado a la previsiblemente polémica conclusión de que los veranófilos son el garante primordial de la continuidad del sistema capitalista de producción.

Cuando formas parte de la clase obrera (y la clase obrera no son sólo señores con mono azul, ojo, que no me entere yo de que ese desclasamiento pasa hambre), el período vacacional no es sino un mito absurdo hábilmente inoculado por la upper class (cuyas vidas son una vacación constante, como deberían serlo las de todos los seres de la creación, que yo no he venido a este mundo a partirme el lomo, oiga usted) para mantener a los trabajadores contentos y calladitos.

Dice mi madre que si no existiera la lotería los oprimidos saldrían a las calles armados con horcas y antorchas, y algo parecido ocurre con las vacaciones: en el mejor de los casos son una propinilla que el patrón no tiene más remedio que dar para evitar que le mates y colectivices la empresa; una galletita para la foca del circo que se ha pasado once meses dando el callo; el merecido descanso, sintagma nominal cínico donde los haya. En el peor, una especie de barbecho del currante, unos días de desconexión para volver con ganas, con las pilas cargadas. Ni el lenguaje se molesta en ocultar el trasfondo perverso del concepto moderno de vacación. Somos los conejitos de Duracell del sistema, a los que hay que darles unos días de descanso para que recarguen las baterías con el único objetivo de seguir siendo productivos.

En Calibán y la bruja (lo hemos leído ya todos, ¿no?) Silvia Federici establece una interesante relación entre la “transición” al capitalismo y el sistema mecánico cartesiano. Por lo que creo haber entendido, que a la vuelta de las vacaciones el jefe te dé una palmadita en la espalda al ritmo de un grimoso “qué pasa, máquina” no es en absoluto casual. Es recochineo puro y duro. Es toda una declaración de intenciones. Se puede decir más alto, pero no más claro: estás al mismo nivel que la fotocopiadora y la máquina de café. Con la salvedad de que, al contrario que estos dos ejemplares robots que nunca se quejan, el currito de los cojones necesita vacaciones. Qué leches, García, ¿por qué no tomará usted ejemplo de la sumisa grapadora?

Coda Donde se explica la sublimación de la energía veranófila con fines revolucionarios.

La mala noticia es que, debido a los recortes en I+D+ i, aún no se ha encontrado una cura definitiva para la veranofilia. La buena es que la desbordante energía de los infectados puede ser empleada con fines revolucionarios. Si el veranófilo medio aprovechara todo ese caudal de entusiasmo para cuestionarse por qué su vida no es una vacación continua, por qué el mundo es un valle de lágrimas en el que hay que vender la fuerza de trabajo para poder comer; si se preguntara con ahínco quién murió y nombró jefe al que inventó el trabajo remunerado, si además no existiera Loterías y Apuestas del Estado, si el veranófilo empleara toda la fuerza que emplea en contar los días que quedan para pillar (agarrar, ahí, con ansia) las vacaciones; si esta pasión sirviera para cuestionarse este sistema esclavo, ay, otro gallo cantaría (muy probablemente el rojo).

Los peores veranos

Un ventilador estropeado, unas vacaciones echadas a perder, un vuelo perdido, un vecindario ruidoso, la soledad de estar en casa sin vacaciones… El cine y la literatura han tomado algunos de los tópicos veraniegos para cuestionar el liderazgo de esta estación como el mejor periodo del año.

– ¿HAY ALGO MÁS HORTERA? Deprimente conga

Aunque esté usted pensando en hacerlo porque “uno sólo se casa una vez”, antes de plantearse siquiera zambullirse en el proceloso mar del sucedáneo del lujo, es recomendable que lea la novela corta de David Foster Wallace Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2010, Mondadori). Planteado como un ejercicio de reporterismo, cercano al periodismo gonzo, el malogrado Foster Wallace se embarcó —sin mucho entusiasmo, todo hay que decirlo— en un crucero por el Caribe. Wallace no sólo nos quita las ganas, si es que teníamos algunas, de crucero sino que, en un doble loop con pirueta, consigue que algunos de sus compañeros de viaje pierdan las ganas de sonreír, ponerse sombreros divertidos y bailar la conga.

– NO ME CALIENTES QUE COBRAS. Entrar en calor

Las temperaturas al máximo, los telediarios recomiendan beber, las redes neuronales se recalientan y ocurre el incendio. Primero con Haz lo que debas y Fiebre salvaje –dedicada a un joven negro asesinado por salir con una blanca en agosto de 1989— y más tarde con El verano de Sam, Spike Lee recurrió a una de las constantes del verano, una violencia sorda más incontenible que en cualquier época del año. Pero la combinación de altas temperaturas y malos humos no es exclusiva del gueto, si no revisen la fabulosa La jauría humana, alfa y omega de los géneros “pueblo que se vuelve loco”. Asimismo, la avería del sistema de aire acondicionado también juega un papel importante en la locura colectiva que se desata en la novela de J.G. Ballard, Rascacielos.

– AQUEL VERANO EN EL QUE X MURIÓ. Hola tristeza

Otro de los tópicos del cine ambientado en el verano es el de la iniciación a la vida. Los días largos, las nuevas amistades y las excursiones a lugares peligrosos se combinan para crear esos relatos que, si hay voz en off, se resumen en la frase hecha “después de aquel verano nada volvió a ser igual”. Deben establecerse diferencias entre películas del género fantástico (como Viernes 13 o Jóvenes ocultos) y aquellos melodramas hechos para toda la familia como Mi chica o Barrio, en los que la muerte se produce sólo después de unas cuantas revelaciones trascendentales sobre el sentido de la vida. En este último subgénero nos quedamos con Cuenta conmigo, adaptación de un relato de Stephen King sobre la excursión de cuatro chicos en busca de un fiambre.

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