EL ADORMECEDOR VERANO

«Cargar las pilas a 37º

La autora, de profesión filósofa frívola, desarrolla la tesis de que la población veranófila es el garante primordial de la continuidad del sistema capitalista de producción.
LUCÍA MUÑOZ MOLINA
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No quiero alarmar a nadie, pero hay gente que está triste porque se acaba el verano. En efecto, los veranófilos son una realidad social por la que deberíamos mostrar preocupación: “qué ganas de veranito”, “qué ganitas de cañitas en una terracita al solecito con los colegas”. Exacto: uno de los síntomas más absurdos y enervantes de la llegada de las buenas temperaturas (¿buenas?, ¿en serio?) es que a la peña le da por flanderizarse cuando se refiere a cualquier término del campo semántico estival. ¿A que nunca habéis oído a nadie comentar “qué ganas de tirarme en trineito por la nievecita” o “me encantan las tormentitas de otoñito”? Pues eso.

Por alguna extraña razón que mi ídem no acierta a comprender, hay personitas que le tienen cariño al verano. Quiero pensar que esta parafilia tan estrafalaria es el resultado de una descontrolada enajenación provocada por la idealización, durante el duro invierno mesetario, de los largos días de sol que, al fin y al cabo, no son más que eso: insufribles jornadas de calor insoportable que parecen no tener fin. En otras palabras: que el verano es un mierdote de proporciones, pero se nos olvida de un año para otro.

Los veranófilos: 1er enfoque

Adentrémonos un poco más en el estudio de este subgénero humano. Una de las señales inconfundibles de que estás frente a un veranófilo es su irritante optimismo. Abres Twitter: “@chupimaji32 Venga chicos!, un par de semanitas más y vacaciones!”. En efecto, ese sujeto al que decidiste followear, (ahora no sabes ya muy bien por qué razón, lo comprendemos) es con toda seguridad un veranófilo. Estos individuos son irritantemente alegres y vitales, siempre sonríen y dan los buenos días. Creepy.

Os preguntaréis que lleva a una persona de vida aparentemente normal a convertirse en un amante del calorcito rico. Se trata de una simple cuestión de asociación de ideas: los veranófilos relacionan verano con vacaciones, sin reparar en que éstas últimas vienen a durar sus 15 días escasos, mientras que la insufrible estación de las cucarachas y las mínimas nocturnas de 25º se desparrama cual señora en tumbona a lo largo de tres interminables meses de desorden vital y comercios cerrados.

La clave está en que los cándidos veránofilos son incapaces de ver la trampa. Tomando el todo por la parte, convierten a la estación en símbolo del merecido descanso, aunque éste suela consistir, en el mejor de los casos, en un par de semanitas compartiendo apartamento con toda una tropa de parientes cojoneros, en un pueblo costero superpoblado y superespeculado; en seguir haciendo camas (“Tiene que ser apasionante hacer otras camas para variar” le dice Lisa Simpson a Marge en el capítulo en el que Ned Flanders les presta su casa de veraneo). Y cocinando. Y barriendo, sobre todo barriendo. Pero en lugar de pelusas, arena. Toneladas de arena. En todas las familias hay algún cuñado gracioso que, mirando al recogedor, pregunta “¿has dejado algo en la playa?”. Muy LOL, sí señor (el verano se presta a los ranciofacts como ninguna otra estación).

A modo de tesis De la veranofilia a la perpetuación del sistema capitalista de producción.

El caso es que, investigando aquí y allá, de Gandía a la Costa Brava, de Matalascañas a Laredo, he llegado a la previsiblemente polémica conclusión de que los veranófilos son el garante primordial de la continuidad del sistema capitalista de producción.

Cuando formas parte de la clase obrera (y la clase obrera no son sólo señores con mono azul, ojo, que no me entere yo de que ese desclasamiento pasa hambre), el período vacacional no es sino un mito absurdo hábilmente inoculado por la upper class (cuyas vidas son una vacación constante, como deberían serlo las de todos los seres de la creación, que yo no he venido a este mundo a partirme el lomo, oiga usted) para mantener a los trabajadores contentos y calladitos.

Dice mi madre que si no existiera la lotería los oprimidos saldrían a las calles armados con horcas y antorchas, y algo parecido ocurre con las vacaciones: en el mejor de los casos son una propinilla que el patrón no tiene más remedio que dar para evitar que le mates y colectivices la empresa; una galletita para la foca del circo que se ha pasado once meses dando el callo; el merecido descanso, sintagma nominal cínico donde los haya. En el peor, una especie de barbecho del currante, unos días de desconexión para volver con ganas, con las pilas cargadas. Ni el lenguaje se molesta en ocultar el trasfondo perverso del concepto moderno de vacación. Somos los conejitos de Duracell del sistema, a los que hay que darles unos días de descanso para que recarguen las baterías con el único objetivo de seguir siendo productivos.

En Calibán y la bruja (lo hemos leído ya todos, ¿no?) Silvia Federici establece una interesante relación entre la “transición” al capitalismo y el sistema mecánico cartesiano. Por lo que creo haber entendido, que a la vuelta de las vacaciones el jefe te dé una palmadita en la espalda al ritmo de un grimoso “qué pasa, máquina” no es en absoluto casual. Es recochineo puro y duro. Es toda una declaración de intenciones. Se puede decir más alto, pero no más claro: estás al mismo nivel que la fotocopiadora y la máquina de café. Con la salvedad de que, al contrario que estos dos ejemplares robots que nunca se quejan, el currito de los cojones necesita vacaciones. Qué leches, García, ¿por qué no tomará usted ejemplo de la sumisa grapadora?

Coda Donde se explica la sublimación de la energía veranófila con fines revolucionarios.

La mala noticia es que, debido a los recortes en I+D+ i, aún no se ha encontrado una cura definitiva para la veranofilia. La buena es que la desbordante energía de los infectados puede ser empleada con fines revolucionarios. Si el veranófilo medio aprovechara todo ese caudal de entusiasmo para cuestionarse por qué su vida no es una vacación continua, por qué el mundo es un valle de lágrimas en el que hay que vender la fuerza de trabajo para poder comer; si se preguntara con ahínco quién murió y nombró jefe al que inventó el trabajo remunerado, si además no existiera Loterías y Apuestas del Estado, si el veranófilo empleara toda la fuerza que emplea en contar los días que quedan para pillar (agarrar, ahí, con ansia) las vacaciones; si esta pasión sirviera para cuestionarse este sistema esclavo, ay, otro gallo cantaría (muy probablemente el rojo).

Los peores veranos

Un ventilador estropeado, unas vacaciones echadas a perder, un vuelo perdido, un vecindario ruidoso, la soledad de estar en casa sin vacaciones… El cine y la literatura han tomado algunos de los tópicos veraniegos para cuestionar el liderazgo de esta estación como el mejor periodo del año.

– ¿HAY ALGO MÁS HORTERA? Deprimente conga

Aunque esté usted pensando en hacerlo porque “uno sólo se casa una vez”, antes de plantearse siquiera zambullirse en el proceloso mar del sucedáneo del lujo, es recomendable que lea la novela corta de David Foster Wallace Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2010, Mondadori). Planteado como un ejercicio de reporterismo, cercano al periodismo gonzo, el malogrado Foster Wallace se embarcó —sin mucho entusiasmo, todo hay que decirlo— en un crucero por el Caribe. Wallace no sólo nos quita las ganas, si es que teníamos algunas, de crucero sino que, en un doble loop con pirueta, consigue que algunos de sus compañeros de viaje pierdan las ganas de sonreír, ponerse sombreros divertidos y bailar la conga.

– NO ME CALIENTES QUE COBRAS. Entrar en calor

Las temperaturas al máximo, los telediarios recomiendan beber, las redes neuronales se recalientan y ocurre el incendio. Primero con Haz lo que debas y Fiebre salvaje –dedicada a un joven negro asesinado por salir con una blanca en agosto de 1989— y más tarde con El verano de Sam, Spike Lee recurrió a una de las constantes del verano, una violencia sorda más incontenible que en cualquier época del año. Pero la combinación de altas temperaturas y malos humos no es exclusiva del gueto, si no revisen la fabulosa La jauría humana, alfa y omega de los géneros “pueblo que se vuelve loco”. Asimismo, la avería del sistema de aire acondicionado también juega un papel importante en la locura colectiva que se desata en la novela de J.G. Ballard, Rascacielos.

– AQUEL VERANO EN EL QUE X MURIÓ. Hola tristeza

Otro de los tópicos del cine ambientado en el verano es el de la iniciación a la vida. Los días largos, las nuevas amistades y las excursiones a lugares peligrosos se combinan para crear esos relatos que, si hay voz en off, se resumen en la frase hecha “después de aquel verano nada volvió a ser igual”. Deben establecerse diferencias entre películas del género fantástico (como Viernes 13 o Jóvenes ocultos) y aquellos melodramas hechos para toda la familia como Mi chica o Barrio, en los que la muerte se produce sólo después de unas cuantas revelaciones trascendentales sobre el sentido de la vida. En este último subgénero nos quedamos con Cuenta conmigo, adaptación de un relato de Stephen King sobre la excursión de cuatro chicos en busca de un fiambre.

La Navaja de Ockham

La navaja de Ockham (a veces escrito Occam u Ockam), principio de economía o principio de parsimonia (lex parsimonia), es un principio metodológico y filosófico atribuido a Guillermo de Ockham (12801349), según el cual cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja.

En ciencia, este principio se utiliza como una regla general para guiar a los científicos en el desarrollo de modelos teóricos, más que como un árbitro entre los modelos publicados. En el método científico, la navaja de Ockham no se considera un principio irrefutable de la lógica, y ciertamente no es un resultado científico. «La explicación más simple y suficiente es la más probable, mas no necesariamente la verdadera», según el principio de Ockham. En ciertas ocasiones, la opción compleja puede ser la correcta. Su sentido es que en condiciones idénticas, sean preferidas las teorías más simples. Otra cuestión diferente serán las evidencias que apoyen la teoría. Así pues, de acuerdo con este principio, una teoría más simple pero menos correcta no debería ser preferida a una teoría más compleja pero más correcta.

Qué ha de tenerse en cuenta para medir la simplicidad, sin embargo, es una cuestión ambigua.1 Quizás la propuesta más conocida sea la que sugirió el mismo Ockham: cuando dos teorías tienen las mismas consecuencias, debe preferirse la teoría que postule la menor cantidad de (tipos de) entidades. Otra manera de medir la simplicidad, sin embargo, podría ser por el número de axiomas de la teoría.

La navaja de Ockham se aplica a casos prácticos y específicos, englobándose dentro de los principios fundamentales de la filosofía de la escuela nominalista que opera sobre conceptos individualizados y casos empíricos.

El principio

El principio es atribuido al fraile franciscano inglés del siglo XIV Guillermo de Ockham y es fundamental para el reduccionismo metodológico. Este principio ya formaba parte de la filosofía medieval aunque fue Ockham quien lo utilizó de forma filosófica. Sin embargo, no solamente es un principio metodológico sino que, además, tiene características gnoseológicas y ontológicas.

Pluralitas non est ponenda sine necessitate (la pluralidad no se debe postular sin necesidad.)

En su forma más simple, el principio de Ockham indica que las explicaciones nunca deben multiplicar las causas sin necesidad.

Cuando dos o más explicaciones se ofrecen para un fenómeno, la explicación completa más simple es preferible; es decir, no deben multiplicarse las entidades sin necesidad.

Esta regla ha tenido una importancia capital en el desarrollo posterior de la ciencia.

Ejemplo

Alguien se encuentra un billete en el bolsillo. Examinamos cuatro posibles explicaciones:

  1. El billete se lo introdujo un amigo.
  2. El billete se lo introdujo un amigo para darle una sorpresa.
  3. El billete se lo introdujo un amigo para darle una sorpresa en agradecimiento por invitarle al cine.
  4. El billete se lo introdujo un amigo para darle una sorpresa en agradecimiento por invitarle al cine el día anterior.

Se presume la primera opción como válida (mientras no se demuestre que no lo es) porque explica en su totalidad el suceso eliminando variables que reduzcan la probabilidad de que ésta sea cierta. Aunque hay que notar que existen otras explicaciones no consideradas que podrían llegar a ser la opción verdadera, por ejemplo, que el billete lo haya introducido él mismo y lo hubiese olvidado.

Origen del término

La denominación de navaja de Ockham apareció en el siglo XVI, y con ella se expresaba que mediante ese principio, Ockham «afeitaba como una navaja las barbas de Platón», ya que de su aplicación se obtenía una notable simplicidad ontológica, por contraposición a la filosofía platónica que «llenaba» su ontología de entidades (además de los entes físicos, Platón admitía los entes matemáticos y las ideas). Desde una perspectiva ontológica, pues, la aplicación de este principio permitió a Ockham eliminar muchas entidades, a las que declaró innecesarias. De esta manera se enfrentó a muchas tesis sustentadas por la escolástica y, en especial, rechazó la existencia de las especies sensibles o inteligibles como intermediarias en el proceso del conocimiento, y rechazó también el principio de individuación, al que calificó de especulación vacía e innecesario.

El principio en las distintas disciplinas

En derecho

El argumento de la navaja de Ockham no se aplica en derecho por considerar que el número de pruebas o testimonios debe ser lo mayor posible.

En economía

En economía, el argumento de la navaja de Ockham se utiliza en la teoría microeconómica del comportamiento del consumidor. Al no ser necesaria la utilidad cardinal, sino sólo la ordinal para explicar su comportamiento, se escoge esta última, por ser la explicación más sencilla de las dos.

En lingüística

En lingüística, el argumento de la navaja de Ockham fue utilizado para revisar la adecuación explicativa (problema de adquisición del lenguaje) del modelo de Aspectos de una teoría de la sintaxis de la gramática generativa de Noam Chomsky. Siguiendo su postulado, la teoría pasó de sostener la adquisición del lenguaje por medio de un gran número de reglas complejas a explicarlo por la existencia de unos pocos principios parametrizables (principios y parámetros, programa minimalista).

En teología

En teología, Guillermo afirmó que no es necesario postular más entes de los necesarios:

«[…] en teología, no postular más que aquellos que exija el dogma; en filosofía (metafísica), aquellos que la razón necesite».

En biología

Algunos creacionistas sostienen que la navaja de Ockham puede ser usada para defender la teoría del creacionismo frente a la evolución. Después de todo, suponer que un Dios lo haya creado todo es aparentemente más simple que la teoría de la evolución.

Sin embargo, defensores de la teoría de la evolución de Darwin afirman que el sencillo algoritmo evolutivo –la selección natural– se basta por sí solo para explicar la evolución sin necesidad de multiplicar las causas, argumentan que la navaja de Ockham sirve pues para hacer innecesarios los llamados «ganchos celestes», es decir, las explicaciones extranaturales de los fenómenos naturales. De este modo, rechazan situar a la entidad más compleja de todas (un Dios omnipotente) en el origen de toda vida en el Universo (o en el origen del propio Universo), al contrario, se busca el principio más simple capaz de generar complejidad, que aunque en un primer momento siguiendo el criterio de Ockham es el que deberíamos preferir para explicar el fenómeno, no por ello inmediatamente comprueba su mayor probabilidad ni su veracidad;3 tal como se describe en el apartado: Controversia en la parsimonia de la Navaja de Ockham.

En informática

Ante la creciente complejidad de los equipos y los sistemas de la informática, se ha desarrollado un principio llamado KISS «Keep It Simple, Stupid!» («¡Mantenlo simple, estúpido!»), sobre todo en relación con páginas y portales de internet. A veces, también se traduce como «Keep It Short and Simple» o «Manténlo corto y simple», en tono más formal.

En estadística

El principio de parsimonia tiene aplicaciones de importancia en el análisis exploratorio de modelos de regresión lineal múltiple. De un conjunto de variables explicativas que forman parte del modelo a estudiar, debe seleccionarse la combinación más reducida y simple posible, teniendo en cuenta la varianza residual, la capacidad de predicción y la multicolinealidad.

Pensamiento mágico

Por ejemplo, para explicar la caída de una manzana al suelo, podríamos plantear las siguientes explicaciones:

  1. Unos duendes la tiraron.
  2. Una tormenta a su paso tiró la manzana.

Estas hipótesis explican igualmente el fenómeno, pero el criterio de Ockham nos obliga a presumir que la segunda es la correcta, ya que las demás nos obligarían a asumir una serie de postulados mucho más complicados, como la cuestionable existencia de duendes.

Se ha de tener cuidado en no confundir la complejidad del enunciado con la complejidad de los eventos. En este caso podría enunciarse:

  1. Unos duendes lo hicieron.
  2. Una perturbación atmosférica violenta acompañada de aparato eléctrico y viento fuerte, lluvia, nieve o granizo lo hizo.

Aunque hay que notar en este caso, que el criterio de Ockham solo nos muestra el evento que deberíamos preferir para explicar el evento (ni siquiera el más probable) entre una serie seleccionada, pero no nos asegura que hayamos llegado a la respuesta correcta, por ejemplo, en este caso pudo haber sido un suceso no considerado entre los dos seleccionados el que verdaderamente produjo la caída de la manzana; un terremoto quizás.

Controversia en la parsimonia de la Navaja de Ockham

La Navaja de Ockham no implica la negación de la existencia de ningún tipo de entidad, ni siquiera es una recomendación de que la teoría más simple sea la más válida. Su sentido es que a igualdad de condiciones, sean preferidas las teorías más simples. Otra cuestión diferente serán las evidencias que apoyen la teoría. Así pues, de acuerdo con este principio, una teoría más simple pero menos correcta no debería ser preferida a una teoría más compleja pero más correcta.

Sin embargo, para el filósofo Paul Newall, el punto principal que hace que la Navaja de Ockham sea de poca ayuda, si no explícitamente entorpecedora y detrimente, es que las consecuencias de añadir entidades adicionales son imposibles de establecer a priori. Puesto que la ciencia nunca finaliza, siempre estamos en la posición «antes» y nunca llegamos a la posición «después», que según Niels Böhr era el único momento en el que se podría introducir la navaja de Ockham lo cual, obviamente, ya no es de ninguna ayuda para juzgar de antemano una teoría.

Porque, ¿qué nos hace pensar que el Universo es simple y ordenado, en lugar de complejo y caótico? ¿Y si el Universo y la realidad misma tuvieran una estructura fractal?

Preferir una teoría que explique los datos en función del menor número de causas no parece sensato. ¿Existe algún tipo de razón objetiva para pensar que una teoría así tiene más probabilidades de ser cierta que una teoría menos simple? Aún hoy en día, los filósofos de la ciencia no se ponen de acuerdo en darle una respuesta a esta pregunta.

Su forma moderna es la medida de complejidad, de Kolmogorov. No existe una medida simple de simplicidad. Dadas tres explicaciones, no podemos estar seguros de cuál es la más simple. No es posible aplicar las matemáticas para determinar la validez de un juicio. Se vuelve al juicio subjetivo y relativo.

Por ejemplo, la Física clásica es más simple que las teorías posteriores. Matemáticamente, la física clásica es aquella en cuyas ecuaciones no aparece la constante de Planck. Un paradigma actual principal de la física es que las leyes fundamentales de la naturaleza son las leyes de la física cuántica y la teoría clásica es la aplicación de las leyes cuánticas al mundo macroscópico. Aunque en la actualidad esta teoría es más asumida que probada, uno de los campos de investigación más activos es la correspondencia clásica-cuántica. Este campo de la investigación se centra en descubrir cómo las leyes de la física cuántica producen física clásica dependiendo de que la escala sea al nivel microscópico, mesoscópico o macroscópico de la Realidad.

Sin embargo, lo que aduce la Navaja de Ockham es que la Física clásica no se debería preferir a teorías posteriores y más complejas, como la Mecánica cuántica, puesto que se ha demostrado que la Física clásica está equivocada en algunos aspectos. El primer requerimiento para una teoría es que funcione, que sus predicciones sean correctas y que no haya sido falsada. La Navaja de Ockham se utiliza para distinguir entre teorías que se supone que ya han pasado estas pruebas y aquellas que se encuentran igualmente soportadas por las evidencias.14

Otro controvertido aspecto de la Navaja de Ockham es que una teoría puede volverse más compleja en lo relativo a su estructura (o Sintaxis), mientras que su Ontología (o Semántica) se va haciendo más simple, o viceversa. Un ejemplo habitual de esto es la Teoría de la Relatividad.

Galileo Galilei criticó duramente el mal uso de la Navaja de Ockham en su Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolemáico y copernicano.La Navaja de Ockham viene representada por el diálogo de Simplicio, un mediocre defensor de la física aristótelica, un personaje con el que quizás Galileo estuviera representando al papa Urbano VIII. El punto clave sobre el que ironizó Galileo fue que si realmente se quisiera comenzar desde un número pequeño de entidades, siempre se podrían considerar las letras del abecedario como entidades fundamentales, puesto que con toda certeza se podría construir todo el conocimiento humano a partir de ellas.

Anti-navajas de Ockham

La Navaja de Ockham se ha encontrado con multitud de oposiciones por parte de quienes la han considerado demasiado extrema o imprudente. El filósofo Walter of Chatton fue contemporáneo de Guillermo de Occam y quien cuestionó la Navaja de Ockham y el uso que Ockham hizo de ella. Como respuesta, aportó su propia anti-navaja: Si tres cosas no son suficientes para verificar una proposición afirmativa sobre las cosas, una cuarta debe ser añadida, y así sucesivamente.

Otros filósofos que también crearon anti-navajas fueron Leibniz (1646–1716), Immanuel Kant (1724–1804), y Carl Menger (1902-1985). La versión de la anti-navaja de Leibniz tomó su forma en el Principio de plenitud, que establece que Todo lo que sea posible que ocurra, ocurrirá. Leibniz argumentaba que la existencia de el mejor de todos los mundos posibles confirmaría genuinamente cada posibilidad, y postuló en su Teodicea que este mejor de todos los mundos posibles contendría todas las posibilidades, sin que nuestra experiencia finita pudiera cuestionar racionalmente acerca de la perfección de la naturaleza.

Este mismo Principio de plenitud se encuentra presente en el concepto de Multiverso, en la Teoría de los universos múltiples o Universos paralelos del físico norteamericano Hugh Everett, teorías consideradas como científicas. El reciente descubrimiento de la energía oscura, una suerte de quintaesencia que se podría atribuir al movimiento dinámico de un campo escalar, les ha permitido a los físicos Lauris Baum y Paul Frampton, autor éste en 1974 del primer libro sobre Teoría de cuerdas, formular la existencia de una nueva entidad — contrariamente a lo que la Navaja de Ockham argumentaría —, la energía fantasma, la cual daría lugar a un Modelo cíclico del universo en el que la entropía del Universo decrecería hasta cero, un modelo ya sugerido por Albert Einstein, que explicaría por qué el valor de la Constante cosmológica es varios órdenes de magnitud inferior al que predice la Teoría del Big Bang, inventada ésta por el sacerdote católico Georges Lemaître, pese a ser la comúnmente consensuada por la comunidad científica. Recientemente, algunos científicos han cuestionado incluso una de las asunciones principales de la Física, el supuesto de que las constantes universales sean realmente constantes y sus implicaciones. En el año 2008 se lanzó el satélite Planck Surveyor, que podría permitir dilucidar qué teoría es más adecuada.

Para el filósofo David Kellogg Lewis, considerado uno de los filósofos analíticos más importantes del siglo XX y proponente del realismo modal, existe un número infinito de mundos causalmente aislados y el nuestro es tan sólo uno de ellos. Para Lewis, la Navaja de Ockham, aplicada a objetos abstractos como conjuntos, es, o bien dudosa por principio o simplemente falsa.

Kant también sintió la necesidad de moderar los efectos de la Navaja de Ockham, creando así su propia anti-navaja en su Crítica de la razón pura:

La variedad de seres no debería ser neciamente disminuida.

Karl Menger encontró a los matemáticos demasiado parsimoniosos en lo que respecta a las variables, de modo que formuló su Law Against Miserliness (Ley contra la tacañería) que tomó estas dos formas:

  • Las entidades no deben ser reducidas hasta el punto de inadecuación.
  • Es vano hacer con menos lo que requiere más.

Incluso Albert Einstein también aportó su propia anti-navaja de Ockham:

A duras penas se puede negar que el objetivo supremo de toda teoría es convertir a los elementos básicos en simples y tan pocos como sea posible, pero sin tener que rendirse a la adecuada representación de un sólo dato de la experiencia. Simple, pero no más simple.
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Fuente: Wikipedia

Zizek en Bilbao

Žižek clama por una nueva izquierda para que no haya más «Berlusconis»

El filósofo esloveno censura la perversión de las ideas por parte del capitalismo en el Festival de las Letras de Bilbao

GUILLERMO MALAINA para PÚBLICO

Slavoj Žižek, este jueves, durante su intervención en Bilbao.Foto: Humberto Bilbao

Llegó este jueves a Bilbao como un torbellino, con un discurso alejado de las interpretaciones oficiales de lo que es el mundo en este siglo XXI, y, lo que es más relevante, con una alternativa en estado puro sobre hacia dónde se puede dirigir la humanidad. Sin ambages, el filósofo y venerado pensador Slavoj Žižek (Liubliana, 1949) reivindicó la necesidad del nacimiento ya de «una nueva izquierda». ¿Por qué? «Porque si no, el futuro que nos espera es Berlusconi, es decir, líderes que, aunque se pongan en ridículo, ejercen el poder de forma autoritaria».

Slavoj Žižek hizo esta reflexión a su paso por el Festival Internacional de las Letras de Bilbao Gutun Zuria, que se celebra en la Alhóndiga hasta este domingo. Fiel a su estilo y a su pensamiento, su intervención fue algo así como una eclosión de ideas a borbotones sobre la oportunidad de crecer de lenguas minoritarias como el euskara, el catalán o el gallego, la globalización, el capitalismo como fuente del fundamentalismo islámico, los nuevos tipos de censura, el Proceso Bolonia en las universidades europeas

«El gran capital usa el lenguaje de la izquierda de hace 30 o 40 años»

Una nueva cultura

El brillante pensador saltó de un tema a otro con una elocuencia y velocidad desbordantes, pero siempre siguiendo un hilo argumental que conducía en el fondo a una gran denuncia: la perversión de las ideas. «Vamos a tener que inventar una nueva cultura», llegó a decir en un momento del acto, antes de lanzar una pregunta a la prensa: «¿Se han dado cuenta de que el gran capital usa el lenguaje de la izquierda de hace 30 o 40 años, cuando habla de salvar a los desfavorecidos?».

Žižek expuso como un caso paradigmático de tal mezcolanza el discurso efectista de Bill Gates. «Cuando lo lees un poco más, viene a decir: Vamos a olvidar la lucha idiota contra el capitalismo y dediquémonos a paliar el hambre en África». El filósofo cree que tampoco se queda atrás del magnate estadounidense la política de la cadena de cafés Starbucks: «Nuestro café es el más caro», dicen. «Pero un céntimo va para los niños de Nicaragua. Hablan de una filosofía preciosa, pero dentro del capitalismo. El mensaje es que olvidemos la lucha idiota contra el capitalismo y, encima, nos cobran más por lo que consumimos con el argumento de que es para ayudar al Tercer Mundo».

Denuncia la censura de las revueltas en Arabia Saudí por intereses económico

Según Žižek, otro asunto que debe hacer pensar a la sociedad sobre qué tipo de mundo desea es el Proceso Bolonia en las universidades europeas. Porque, a su juicio, es un «claro ataque a los centros de pensamiento independientes» para convertir las universidades en fábricas de «expertos»: «Ante casos como las revueltas de París de 2006 y 2007, llamarán para su solución a expertos, como psicólogos, pero el pensamiento no es eso».

Sobre esta base del pensamiento advirtió, por ejemplo, que las políticas actuales contra el racismo o el sexismo están convirtiendo ambas tendencias en un «problema de tolerancia»: «Si ustedes cogen el discurso de Martin Luther King, no cita ni una vez la tolerancia. No se trata de que nos toleremos, sino de justicia«.

Žižek también ofreció otro punto de vista sobre el mensaje extendido la última década acerca de la lucha entre Occidente y el fundamentalismo musulmán: «Lo que aquí hace falta es la izquierda. El capitalismo global es lo que genera el fundamentalismo». Recordó como ejemplo lo ocurrido en el Afganistán «prooccidental y prodemocrático» de hace 40 años y en Kansas. «Históricamente, este ha sido el estado de EEUU más progresista, pero algo se rompió hace 30 años y ahora se concentra allí la extrema derecha», dijo, a la vez que aconsejaba para comprender esa metamorfosis el libro What’s the Matter with Kansas?, de Thomas Frank.

Finalmente, Žižek llegó a la conclusión de que es necesario crear «una nueva izquierda» en el mundo, dado que se han invertido los papeles y, al contrario que en el siglo XX, «la derecha radical es la que cuestiona el orden establecido». Pero él tampoco dio recetas.

Žižek sólo dudó al ser preguntado por Salman Rushdie, que también participa en el Festival. Su intención era preguntarle si aún era de la «izquierda radical». Por la tarde, Rushdie contestó que él defiende lo mismo que hace 20 años y que hay que ser «optimista» ante los cambios que están por llegar en el mundo.