OFENSIVA DERECHISTA EN EEUU PARA DESTRUIR A LOS SINDICATOS

Los gobernadores republicanos pretenden despojar a los “unions” de sus derechos

Diario  Público

Varios congresistas demócratas de Wisconsin han sacado su oficina al parque frente al Capitolio local.

Wisconsin, Indiana, Ohio. Las últimas ofensivas de los gobernadores derechistas para despojar a los sindicatos de funcionarios de sus derechos obedecen a una estrategia republicana destinada a socavar uno de los cimientos del Partido Demócrata y desviar su atención, y sobre todo sus fondos, de las elecciones presidenciales de 2012, que ya han entrado en precampaña.

Y ya no lo ocultan. Esta semana el Partido Republicano, que hasta ahora se había amparado en el déficit presupuestario de Wisconsin para justificar los recortes brutales de salarios y privilegios de sus empleados públicos, desveló sus intenciones en un anuncio difundido en la televisión local. “Barack Obama prepara una campaña de miles de millones de dólares”, empieza diciendo el narrador. “En 2008, los sindicatos le dieron 400 millones de dólares. Obama y los sindicatos obstaculizan la reforma económica, han creado este embrollo, pongamos las cosas en orden”.

Por “embrollo”, el anuncio se refiere al caos que desde hace tres semanas reina en Madison, la capital de Wisconsin, y que enfrenta a los sindicatos, al gobernador conservador Scott Walker, elegido en noviembre, y a los 14 senadores demócratas que han huido a Illinois para no votar el plan de recortes que dejaría a los funcionarios sin negociación colectiva.

Amenazas de despidos

Walker y los congresistas conservadores locales están desesperados por acabar con una situación que ha generado titulares negativos en todo el país. El gobernador amenaza con despedir a 1.500 funcionarios. El jueves consiguió finalmente desalojar a los manifestantes que ocupaban el Capitolio desde hacía dos semanas.

“Las propuestas de Walker reducirán el dinero que los funcionarios se gastan en contribuciones políticas. Como los empleados públicos son la base del movimiento sindical” en EEUU, “al rebajar las aportaciones de los funcionarios al partido demócrata, ayudan a hundir uno de los pilares del progresismo”, explica Daniel DiSalvo, politólogo de la Universidad de Nueva York.

En Ohio esta semana, los conservadores se apuntaron una victoria contra sus empleados públicos, a los que acaban de despojar de su derecho a la huelga. Mientras, en Indiana, 38 congresistas demócratas también han huido al vecino Illinois para protestar contra una ley que también ataca directamente a los unions.

En otros diez estados, gobernadores y congresistas republicanos han propuesto iniciativas para minar la presencia de los sindicatos, incluso en Michigan, bastión del todopoderoso United Auto Workers, que agrupa a 390.000 trabajadores de la industria automovilística y que salió debilitado tras el rescate gubernamental de los tres grandes (Ford, Chrysler, General Motors) en 2009. “Los republicanos piensan que, si pueden destruir los sindicatos, ya no tendrán que preocuparse por los demócratas”, comenta Karen Ackerman, directora política del AFL-CIO, la mayor confederación sindical de EEUU.

El Partido Demócrata, al igual que el republicano, recibe dinero sobre todo de las empresas. Pero, a diferencia de los conservadores, entre sus primeros 20 donantes figuran los tres principales sindicatos del país, la “American Federation of State County and Municipal Employees” (que representa millón y medio de funcionarios) y las dos grandes agrupaciones de profesores, el “National Education Association” y la “American Federation of Teachers”.

Los sindicatos tienen previsto gastarse al menos 30 millones de dólares en los próximos meses en campañas y manifestaciones en los estados donde sus derechos se ven más amenazados, según Associated Press. Pero el tema no es tanto el dinero como la movilización electoral. “Los sindicatos usaron 3.000 personas en Ohio en las últimas seis semanas de la campaña” presidencial demócrata, explica Allan Cigler, de la universidad de Kansas. Un ejército humano crucial en estados como Pensilvania y Michigan, donde el electorado obrero es demócrata pero conservador y en 2008 hizo un esfuerzo cultural al elegir a un presidente negro.

Los expertos temen que las nuevas andanadas contra los sindicatos tengan un impacto profundo en las relaciones laborales en EEUU, al igual que el último gran enfrentamiento sindical, el del presidente Ronald Reagan con los controladores aéreos en agosto de 1981. Cuando estos amenazaron con hacer huelga, el mandatario despidió en un sólo día a sus 11.000 miembros, lo que contribuyó a desestabilizar el resto de los sindicatos del país y prácticamente eliminar las huelgas (145 en 1981; tan sólo 11 en 2010) como opción de protesta.

La conexión El Cairo-Wisconsin

Noam Chomsky

El 20 de febrero, Kamal Abbas, líder sindical egipcio y figura prominente del Movimiento 25 de Enero, envió un mensaje a los “trabajadores de Wisconsin”: “Estamos con ustedes, así como ustedes estuvieron con nosotros”.

Los trabajadores egipcios han luchado mucho tiempo por los derechos fundamentales que les denegaba el régimen de Hosni Mubarak respaldado por EEUU. Kamal tiene razón en invocar la solidaridad, que ha sido durante mucho tiempo la fuerza orientadora del movimiento de los trabajadores en el mundo, y en equiparar sus luchas por los derechos laborales y por la democracia.

Las dos están estrechamente interrelacionadas. Los movimientos de trabajadores han estado en la vanguardia de la protección de la democracia y los derechos humanos y en la expansión de sus dominios, razón elemental que explica por qué son venenosos para los sistemas de poder, sean públicos o privados.

Las trayectorias de los movimientos en Egipto y EEUU están tomando direcciones opuestas: hacia la conquista de derechos, en Egipto, y hacia la defensa de derechos existentes, pero sometidos a duros ataques, en EEUU.
Los dos casos merecen una mirada más cercana.

La sublevación del 25 de enero fue encendida por los jóvenes usuarios de Facebook del Movimiento 6 de Abril, que se levantaron en Egipto en la primavera de 2008 en “solidaridad con los trabajadores textiles en huelga en Mahalla”, según señala el analista laboral Nada Matta. El Estado reventó la huelga y las acciones de solidaridad, pero Mahalla quedó como “un símbolo de revuelta y desafío al régimen”, añade Matta. La huelga se volvió particularmente amenazante para la dictadura cuando las demandas de los trabajadores se extendieron más allá de sus preocupaciones locales y reclamaron un salario mínimo para todos los egipcios.

Las observaciones de Matta son confirmadas por Joel Beinin, una autoridad estadounidense en materia laboral egipcia. Durante muchos años de lucha, informa Beinin, los trabajadores han establecido nexos y se pueden movilizar con presteza.

Cuando los trabajadores se sumaron al Movimiento 25 de Enero, el impacto fue decisivo y el comando militar se deshizo de Mubarak. Fue una gran victoria para el movimiento por la democracia egipcia, aunque permanecen muchas barreras, internas y externas.
Las barreras internas son claras. EEUU y sus aliados no pueden tolerar fácilmente democracias que funcionen en el mundo árabe.
Las encuestas de opinión pública en Egipto y a lo largo y ancho de Oriente Próximo son elocuentes: por aplastantes mayorías, la gente considera a EEUU e Israel, y no a Irán, las mayores amenazas. Más aún, la mayoría piensa que la región estaría mejor si Irán tuviese armas nucleares.

Podemos anticipar que Washington mantendrá su política tradicional, bien confirmada por los expertos: la democracia es tolerable sólo si se ajusta a objetivos estratégico-económicos. La fábula del “anhelo por la democracia” de EEUU está reservada para ideólogos y propaganda.

La democracia en EEUU ha tomado una dirección diferente. Después de la II Guerra Mundial, el país disfrutó de un crecimiento sin precedentes, ampliamente igualitario y acompañado de una legislación que beneficiaba a la mayoría de la gente. La tendencia continuó durante los años de Richard Nixon, hasta que llegó la era liberal.

La reacción contra el impacto democratizador del activismo de los sesenta y la traición de clase de Nixon no tardó en llegar mediante un gran incremento en las prácticas lobistas para diseñar las leyes, el establecimiento de think-tanks de derechas para capturar el espectro ideológico, y otros muchos medios.

La economía también cambió de curso hacia la financiarización y la exportación de la producción. La desigualdad se disparó, primordialmente por la creciente riqueza del 1% de la población, o incluso una fracción menor, limitada fundamentalmente a presidentes de corporaciones, gestores de fondos de alto riesgo, etc.

Para la mayoría, los ingresos reales se estancaron. Volvieron los horarios laborales más amplios, la deuda, la inflación. Vino entonces la burbuja inmobiliaria de ocho billones de dólares, que la Reserva Federal y casi todos los economistas, embebidos en los dogmas de los mercados eficientes, no lograron prever. Cuando la burbuja estalló, la economía se colapsó a niveles cercanos a los de la Depresión para los trabajadores de la industria y muchos otros.

La concentración del ingreso confiere poder político, que a su vez deriva en leyes que refuerzan más aún el privilegio de los superricos: políticas tributarias, normas de gobernanza corporativa y mucho más. Junto a este círculo vicioso, los costes de campañas electorales han aumentado drásticamente, llevando a los dos partidos mayoritarios a nutrirse en el sector de las corporaciones: los republicanos de manera natural y los demócratas (ahora muy equivalentes a los republicanos moderados de años anteriores) siguiéndoles no muy atrás.

En 1978, mientras este proceso se desarrollaba, el entonces presidente de los Trabajadores Autónomos Unidos, Doug Fraser, condenó a los líderes empresariales por haber “elegido sumarse a una guerra unilateral de clases en este país: una guerra contra el pueblo trabajador, los pobres, las minorías, los muy jóvenes y muy viejos, e incluso muchos de la clase media de nuestra sociedad”, y haber “roto y deshecho el frágil pacto no escrito que existió previamente durante un periodo de crecimiento y progreso”.

Cuando los trabajadores ganaron derechos básicos en los años treinta, dirigentes empresariales advirtieron sobre “el peligro que afrontaban los industriales por el creciente poder político de las masas”, y reclamaron medidas urgentes para conjurar la amenaza, de acuerdo con el académico Alex Carey en Taking the risk out of democracy. Esos hombres de negocios entendían, al igual que lo hizo Mubarak, que los sindicatos constituyen una fuerza directriz en el avance de los derechos y la democracia. En EEUU, los sindicatos son el contrapoder primario a la tiranía corporativa.

De momento, los sindicatos del sector privado de EEUU han sido severamente debilitados. Los sindicatos del sector público se encuentran últimamente sometidos a un ataque implacable desde la oposición de derechas, que explota cínicamente la crisis económica causada básicamente por la industria financiera y sus aliados en el Gobierno.

La ira popular debe ser desviada de los agentes de la crisis financiera, que se están beneficiando de ella; por ejemplo, Goldman Sachs, que está “en vías de pagar 17.500 millones de dólares en compensación por el ejercicio pasado”, según informa la prensa económica. El presidente de la compañía, Lloyd Blankfein, recibirá un bonus de 12,6 millones de dólares mientras su sueldo se triplica hasta los dos millones.

En su lugar, la propaganda debe demonizar a los profesores y otros empleados públicos por sus grandes salarios y exorbitantes pensiones, todo ello un montaje que sigue un modelo que ya resulta demasiado familiar. Para el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, para la mayoría de los republicanos y muchos demócratas, el eslogan es que la austeridad debe ser compartida (con algunas excepciones notables).

La propaganda ha sido bastante eficaz. Walker puede contar con al menos una amplia minoría para apoyar su enorme esfuerzo para destruir los sindicatos. La invocación del déficit como excusa es pura farsa.

En sentidos diferentes, el destino de la democracia está en juego en Madison, Wisconsin, no menos de lo que está en la plaza Tahrir.

Manifestaciones en todo EE. UU. apoyan las protestas sindicales de Wisconsin

Como ya venimos tratando en este blog se están sucediendo dos procesos de gran envergadura que los medios de comunicación ignoran o cuando menos minimizan. Se trata de LA REVOLUCIÓN ISLANDESA y la revuelta obrera en el estado de WISCONSIN, en Estados Unidos.

Resulta sorprendente que los “medios” se interesen tanto por las revueltas más o menos violentas en los países árabes a la vez que “olvidan” estas pacíficas revoluciones en los países occidentales que pretenden frenar el ultra conservadurismo galopante que pretende -en este último caso- acabar con el sector público.

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EE. UU. en estos días:

Miles de personas han seguido las protestas este fin de semana contra los planes de gobernadores republicanos en Estados Unidos de reducir el déficit fiscal a cuenta de los trabajadores del sector público, siguiendo el ejemplo iniciado en Wisconsin.

Este domingo Michael Moore se ha incorporado a las manifestaciones en Madison, capital del estado de Wisconsin, en el centro norte del país.  El director de cine manifestó que “los ricos se habían sobrepasado, primero tomando el dinero de la clase obrera y, ahora, tratando de silenciarlos” y Moore comparó la protesta de los trabajadores con la revueltas en los paises árabes.

“El sueño americano está en llamas. No estamos hablando de empleados de sindicatos. Hablamos de enfermeras, policías y bomberos”, dijo en la manifestación de Washington el antiguo responsable para “empleos verdes” del Gobierno de Barack Obama, Van Jones, que abandonó su puesto en 2009.

Las protestas de Wisconsin se extendieron esta semana pasada a Indiana y Ohio, estados donde se debaten medidas similares, algo que también ocurre en Iowa, Idaho, Tennessee y Kansas.

Los antecedentes:

La propuesta de los republicanos de Wisconsin para reducir el déficit fiscal desemboca en una reescritura de la legislación laboral de ese estado y en masivas protestas de rechazo.

El Gobernador de Wisconsin, el republicano Scott Walker, enardecido con el triunfo ultraconservador en las elecciones de mitad de mandato de Obama, decidió proponer una ley que facilita la privatización de los servicios públicos y recorta los derechos de los funcionarios para paliar el abultado déficit público (que sin duda ellos no causaron, sino las políticas de sus gobernantes). Los sindicatos, prácticamente han sido apartados de la negociación de los convenios colectivos (tal como se pretende hacer también en nuestra Europa).

Scott Walker, presentó el pasado martes un presupuesto con profundos recortes para -supuestamente- reducir el profundo déficit fiscal, que asciende ya a 137 millones de dólares. Un argumento que, a juicio de los empleados públicos, ha servido como excusa para despojar de sus “derechos laborales a los trabajadores estadounidenses”, ya que la medida arrebata a los sindicatos del sector público la mayoría de los derechos de negociación colectiva. La cuestión ha abierto, en definitiva, un auténtico debate nacional en EE UU sobre el papel de los sindicatos.

En Ohio, esta pasada semana también los republicanos actuaron contra sus empleados públicos, a los que eliminaron el derecho a la huelga. Mediente una nueva normativa, aprobada por los senadores republicanos de Ohio (17 votos a favor y 16 en contra) el pasado miércoles, limita la negociación colectiva al tema salarial, excluye todo lo relacionado con los planes de salud o las pensiones y supedita el proceso a la autoridad de los responsables locales, que tendrían la última palabra. Igualmente les prohíbe hacer cualquier huelga.

Las razones esgrimidas por los republicanos de Ohio son las mismas en las que se ha amparado el gobernador de Wisconsin, el déficit presupuestario (en este caso 8.000 millones) y la necesidad de recortes drásticos.

Pillan al gobernador del estado de Wisconsin admitiendo haber considerado infiltrar a violentos en las manifestaciones pacíficas:

En una llamada telefónica con alguien que fingía ser uno de sus principales contribuyentes a su campaña electoral, el gobernador Scott Walker dijo hace unos días que “había considerado” el envío de agitadores a las manifestaciones en la capital.

El alcalde de la ciudad, Dave Cieslewicz, notablemente furioso, dijo a la prensa que el gobernador de Wisconsin, en realidad pensaba en la infiltración de personas en las multitudes para convertir estas protestas pacíficas en algo violento.

El alcalde Cieslewicz dijo a continuación:

“Nuestras estimaciones son que tal vez medio millón de personas han pasado por la Plaza del Capitolio, en los últimos 10 días. Han venido con los ánimos cargados, y ha habido contra manifestaciones simultáneamente. Por lo tanto era de esperar problemas. Pero, lo que hemos conseguido es un compromiso de comportamiento cívico ejemplar y las protestas han sido todas pacíficas. No hemos tenido ni un solo arresto durante diez días de protestas.

Los manifestantes hasta ayudaban en la limpieza del capitolio y resulta que incluso está más limpio que nunca. La gente respetaba los jardines municipales como si fuera su propia casa. Ayer por la noche veía desde el interior del Capitolio como los manifestantes organizaron una hora de limpieza, desmontaron el bloqueo al capitolio y asistieron a los barrenderos a cumplir sus tareas. Han estado a la altura de nuestra reputación de “Cortesía del Medio Oeste”.

¡Qué vergüenza!

Clama el pleno de la Asamblea de Wisconsin antes de votar el proyecto de ley “antisindical”: